Descripción del proyecto

I

Cerca de un mes llevaba Luis Aguirre de vivir en Gibraltar. Había llegado con el propósito de embarcarse inmediatamente en un buque de la carrera de Oceanía, para ir a ocupar su puesto de cónsul en Australia. Hasta entonces había prestado servicio en Madrid, en las oficinas del ministerio, o en ciertos consulados del sur de Francia, elegantes poblaciones veraniegas donde transcurría la existencia en continua fiesta durante la mitad del año. Hijo de una familia dedicada a la diplomacia por tradición, contaba con buenos valedores. No tenía padres, pero le ayudaban los parientes y el prestigio de un apellido que durante un siglo venía figurando en los archivos del Ministerio de Estado. Cónsul a los veintinueve años, iba a embarcarse con las ilusiones de un colegial que sale a ver el mundo por vez primera.

Gibraltar fue para él la primera aparición de un mundo lejano, mezcla de idiomas y de razas, en cuya busca iba. Dudó, en su primera sorpresa, de que aquel suelo rocoso fuese un pedazo de la península natal avanzando en pleno mar y cobijado por una bandera extraña. Cuando contemplaba desde las laderas del peñón la gran bahía azul, sus montañas de color de rosa, y en ellas las manchas claras de los caseríos de La Línea, San Roque y Algeciras, con la alegre blancura de los pueblos andaluces, convencíase de que estaba aún en España; pero encontraba enorme la diferencia entre las agrupaciones humanas acampadas al borde de esta herradura de tierra, llena de agua de mar. Desde la punta avanzada de Tarifa hasta las puertas de Gibraltar, la unidad monótona de raza, el alegre gorjeo del habla andaluza, el ancho sombrero pavero, el mantón envolviendo los bustos femeniles y el aceitoso peinado adornado con flores. En la enorme montaña verdinegra rematada por el pabellón inglés, una olla hirviente de razas, una confusión de lenguas, un carnaval de trajes: indios, musulmanes, hebreos, ingleses, contrabandistas españoles, soldados de casaca roja, marineros de todos los países, sometidos a una disciplina militar, viendo abiertas las puertas del aprisco cosmopolita con el cañonazo del amanecer y cerradas al retumbar el cañón de la tarde. Y como marco de este cuadro, bullicioso en su amalgamamiento de colores y gestos, en el término más remoto de la línea del mar, una hilera de cumbres, las alturas de África, las montañas marroquíes, la orilla fronteriza del Estrecho, el más concurrido de los grandes bulevares marítimos, por cuya calzada azul transcurren incesantemente pesados veleros de todas las nacionalidades, de todas las banderas; negros trasatlánticos que cortan el agua en busca de las escalas del Oriente poético, o cruzando el callejón de Suez van a perderse en las inmensidades del Pacífico, moteadas de islas.

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