Después de algunos años de no haber pisado el territorio patrio, el Blasco Ibáñez que llegó a Madrid a principios de mayo de 1921, venía acompañado por la aureola del éxito: su triunfo en los Estados Unidos le hacía acreedor de una serie de homenajes que muchos esperaban y deseaban tributarle tanto en Madrid como en Valencia. Aquel que siempre había protagonizado una existencia novelesca, se presentaba ahora en la capital con unas credenciales distintivas. Valga recordar cómo en la entrevista que se publicó en Blanco y Negro, el 22 de mayo, Ramón de la Riva encarecía hiperbólicamente las condiciones de ese automóvil en que el autor se desplazaba por la Moncloa: “un automóvil regio, de millonario yanqui”, que todavía no estaba matriculado porque el Automóvil Club no le había despachado la documentación oportuna. Con este vehículo reeditaría su sempiterna afición viajera, habiéndose desplazado desde Niza y realizado, el 28 de abril, una parada de unos días en Barcelona (La Acción, 6 de mayo).

Apenas instalado en el hotel Palace, los acontecimientos de la vida social iban a impulsar al novelista a un movimiento continuado durante semanas. Ya el domingo 8 de mayo, tuvo lugar en el Ritz un almuerzo literario en el que actuaba como anfitrión el escritor Antonio de Hoyos. Blasco accedió al comedor del hotel seguido por un grupo de admiradores y secundado de cerca por “la belleza rubia de [una] dama chilena, que hace algunos años ocupó puesto distinguido entre las diplomáticas americanas” (El Imparcial, 11 de mayo). En todo caso, sería el novelista homenajeado quien terminó acaparando la atención de los comensales con su seductora facundia, capaz de inspirar confianza en el porvenir. Pocos días después, el 14 de mayo, con motivo del fallecimiento de doña Emilia Pardo Bazán, su nombre volvería a figurar en la prensa madrileña, la que le mencionó entre las celebridades que habían acudido a mostrar sus condolencias ante la capilla ardiente de la autora gallega.

No tuvo, sin embargo, mucho tiempo para demorarse en la capital, porque en Valencia se le había preparado una semana de homenajes que se pronosticaba como verdadero baño de multitudes. Él mismo pudo verificarlo mientras, en compañía del alcalde de la ciudad, don Ricardo Samper, el expreso en que viajaba se vio obligado a detenerse en diversas estaciones de la provincia antes de arribar a su destino, la mañana del día 15. A partir de entonces, un cúmulo de fastos de los que se hablará en entradas sucesivas, pues lo que interesa en este lugar es subrayar la continuidad de un itinerario que, pese a fatigar al personaje, no podía ahuyentar su irreprimible curiosidad.

Así, concluida esa semana de celebraciones que podrían resumirse en la imagen del arco triunfal levantado en la calle de la Paz, Blasco subió otra vez al tren para marchar a Castellón de la Plana, dirigiéndose al día siguiente en automóvil a la localidad costera de Peñíscola. Quizá el motivo principal de esta excursión fue, como se indicaba en las páginas de El Pueblo (de 24 de mayo), un interés documental que el novelista volvería a aducir como justificación de su ruta viajera: “con objeto de documentarse para escribir una novela sobre la vida del antiguo papa Luna”.

De regreso en Valencia, la noche del 23 de mayo, Blasco subiría de nuevo al tren para marchar a Madrid igual que había llegado: flanqueado por las autoridades y aclamado por sus más fervientes admiradores, por ese pueblo que veía partir otra vez a un hijo pródigo tocado por un destino que trascendía lo local. Desde luego, en Madrid le aguardaban los miembros más reputados de las esferas política, periodística y literaria, en incluso del sector aristocrático, para rendirle cumplida pleitesía. Posiblemente, en correspondencia al afecto recibido, declaró su intención de fijar su residencia en España: “Voy a reconstruir un hotel que tengo en Madrid, para hacerlo habitable. Con esta serán cinco mis viviendas: la casa de Valencia, mi residencia “Malvarrosa”, la casa de París y el hotel de Niza. Pasaré la vida entre Madrid, Valencia y París. ¡Tenía grandes deseos de regresar a España!” (El Liberal, 7 de mayo). ¿Se trataba de una decisión meditada o de un arranque de impulsividad el que le llevaba a formular una afirmación como esta? Estando en California, en 1920, había hecho declaraciones de similar calibre, aunque con la mirada puesta en el escenario norteamericano.

Conforme agonizaba el mes de mayo, se empezó a publicitar en los medios de la época la presencia destacada del novelista en diversos eventos, varios de los cuales figuraban entre los festejos del “gran mundo”. El 2 de junio fue la Parisiana el escenario de un multitudinario banquete en su honor. Entre los asistentes, varios compañeros inseparables del escritor por aquellas fechas: el alcalde de Valencia, señor Samper, Rafael Altamira, Mariano Benlliure, José Pinazo y el escritor Antonio de Hoyos (La Época, 3 de junio). Solo un día más tarde, en la selecta sociedad Nuevo Club, Álvaro Alcalá Galiano, marqués de Castel Bravo, oficiaba como anfitrión de otra cena a la que concurrieron otra vez artistas como Benlliure, el director del ABC, señor Luca de Tena, y significados miembros de la nobleza como el duque de Alba. Fue esta misma personalidad, tan complaciente con los escritores, quien organizó el 7 de junio una cena en su palacio de Liria. Entre los comensales, codeándose con el novelista republicano, la princesa de Metternich, el marqués de Castel Bravo y los duques de Dúrcal. Luego, el día 8, con un carácter más íntimo y de solidaridad, se desarrolló la comida celebrada por El Liberal, en la que estaba junto a Blasco su viejo amigo Miguel Moya. El almuerzo del 9 de junio, ofrecido por el cónsul americano en Madrid, señor Palmer, fue ocasión inmejorable para que el novelista evocara con evidente orgullo las peripecias de su visita reciente a los Estados Unidos (La Prensa, 11 de junio).

Merced al material gráfico publicitado por el ABC (18 de junio), se sabe que, entre los días 12 y 15 de junio, Blasco abandonó la capital para desplazarse hasta Extremadura, quedando encandilado en su visita al monasterio de Guadalupe: “Como novelista deseo expresar pronto en una novela mi admiración por este monasterio histórico y por Extremadura, patria de héroes que ya son universales”. A falta de datos contrastables, solo podemos sugerir si este itinerario se prolongaría hacia Andalucía, y más concretamente hasta Sevilla. Según la prensa estadounidense, el actor Otis Skinner viajó a España porque iba a encarnar, en los escenarios de su país, el papel del torero Gallardo en la adaptación teatral de Blood and Sand. Aseguraba, asimismo, que el señor Skinner, con su mujer y su hija, no solo había sido el huésped del escritor en Madrid, sino que este le habría acompañado al coso de la capital, marchando ambos a continuación a Sevilla para encontrarse con Belmonte (The Sunday Star, 18 de diciembre).

Ya a finales de junio, el nombre de Blasco aparecía entre los asistentes al banquete organizado en el Ritz por El Imparcial, con motivo de la concesión de la Cruz de Isabel la Católica al cronista Eugenio Rodríguez de la Escalera, más conocido por el seudónimo de Monte-Cristo. Sea cuales fueran los múltiples  compromisos que Blasco debió atender, la cuestión es que algo le obligó a retrasar su partida de Madrid. Así lo hace suponer la información recogida en El Globo, el 26 de junio: “A petición del Sr. Blasco Ibáñez, ha sido aplazada la inauguración del monumento a Mariano de Cavia, cuyo acto estaba anunciado para el próximo domingo, y se celebrará el día 3 del próximo mes”. En efecto, a punto de cumplirse el primer aniversario de la muerte del popular periodista aragonés, con quien Blasco entabló cordial amistad desde que ambos colaboraron como redactores de Vida Nueva, en 1898,  iba a inaugurarse en Zaragoza el busto esculpido por José Bueno, a iniciativa del Heraldo de Aragón. El novelista participó, junto el alcalde señor Ballarín, con un magistral discurso donde dejó patentes sus dotes oratorias. A continuación, fue obsequiado con un almuerzo en el Centro Mercantil Industrial y Agrícola de la capital maña, cuyo Museo Provincial tuvo la oportunidad de visitar guiado por redactores del Heraldo de Aragón.

Desde el 4 de julio las obligaciones sociales se verían reemplazadas por un periplo por tierras aragonesas, determinado por la afición turística y, otra vez, el empeño documentalista. Sendos diputados provinciales lo acompañaron en su visita a Illueca y Sabiñán, donde esperaba recoger datos para esa novela proyectada sobre el papa Luna. Huesca fue la siguiente parada de su trayecto (La Correspondencia Militar, 6 de julio). En la ciudad donde se fraguó la leyenda de la célebre campana, Blasco visitó la catedral, el monasterio de San Pedro el Viejo, recibiendo un banquete honorífico en el Círculo Oscense (La Provincia, 8 de julio). Esa misma tarde saldría hacia Jaca en automóvil, deteniéndose en el pantano de la Peña. En la ciudad del Alto Aragón, a la que prometió regresar a fin de presenciar la famosa procesión de Santa Orosia (la que dio pábulo a su amiga Colombine para escribir la novela Los espirituados), estuvo en su catedral y realizó una excursión por el valle de Ansó (Heraldo de Madrid, 7 de julio). Desde allí, el infatigable viajero regresaría a Francia, por Panticosa. Después del ajetreo, el escritor debía volver por sus fueros. Por delante, tenía que cumplir con varias tareas que no admitían espera: de un lado, la redacción de El águila y la serpiente; por el otro, una serie de artículos para la prensa norteamericana que le reportaría suculentos ingresos.